La casa blanca

Cuando salía a remar, primero en kayac y más tarde en canoa polinesia, y desde el agua miraba la ciudad, a la derecha de Praia Vermelha se distinguía una casa blanca con dos palmeras y un cañon portugués, que desde el rincón de la bahía parecía apuntar a invasores y piratas desde hacía siglos. La casa quedaba inmóvil debajo de los cables del teleférico, que subían y bajaban desde que salía el sol hasta bien entrada la noche. El blanco se hacía fuerte bajo los cables, frente al mar azul. La casa estaba a la entrada de la pista Coutinho, que bordea el morro de Urca sobre las rocas y acantilados, y se extiende hasta el pie del Pan de Azúcar. Subiendo la rampa de acceso a la pista, a la derecha aparecía de repente la huerta, un tesoro escondido atrás de la casa blanca. Muchas veces, desde el agua, pensé: si la historia se torciera, cómo me gustaría que mi hijo estudie allí.
La casa blanca es un jardín de infantes, Gabriela Mistral, Nobel chilena. Y los niños comienzan a llegar desde temprano porque el portón cierra a las ocho. En los recreos, juegan a la pelota y hacen barullo en el patio, junto al cañón portugués y debajo de las palmeras, frente al mar azul. Con el tiempo, ya director de otra escuela en Urca, hice amigos que estuvieron en la casa blanca. Era verdad, entonces, que había hombres y mujeres, en Rio, que allí también fueron niños, en la casa más bella del mundo.

Esta vez seguí a Alex por tierra. Esa tarde habíamos comenzado la búsqueda de parceiros para nuestro proyecto piloto por la escuela Minas Gerais, cuya directora, Regina, conoce mejor que nadie la historia de esa otra casa blanca de la avenida Pasteur, construida cuando la Exposición de 1908, en un barrio de arquitectura ecléctica. Luego subimos la escalinata del Museo de Ciencias de la Tierra, que llamamos el Museo de los Dinosaurios porque alberga la mayor colección de fósiles de América. Siguiendo una intuición, pasamos por la Gabriela Mistral.
Ana Lúcia, su directora, nos recibió con tibieza. Imaginé que vería mucha gente todos los días y que proteger a los niños era una prioridad. Pero pronto se fue soltando con la conversación. Saludamos al jardinero que cuidaba la huerta y que conocíamos de remo. Y cuando le contamos que queríamos entrevistar a maestros, padres y alumnos para un proyecto de historias que devuelva la vida a la bahía de Guanabara, se entusiasmó y llamó a Marcelo Barros, que gestiona el Monumento Natural de Pan de Azúcar y el morro de Urca (MoNa). Vino enseguida, se sentó a conversar y nos invitó a la reunión del consejo consultivo del MoNa, dos semanas más tarde, en la Unirio, sobre la misma avenida Pasteur con la mayor densidad de instituciones educativas de la ciudad, para presentar nuestro proyecto. En la casa blanca, bajo la mirada protectora de Ana Lúcia, nacía nuestra primera parceria en el territorio.

La noche antes de la presentación no dormimos bien, estábamos ansiosos. Fuimos a pie desde el Urca Institute a la Unirio. Subimos a un aula del segundo piso. Llegamos con tiempo, pero Marcelo también estaba preocupado: habían tenido que cambiar de aula y la tecnología no funcionaba. El consejo ya llegaba y había el riesgo de no hacer la reunión.
Hace muchos años, en un curso de submarinismo en Buenos Aires, me enseñaron que la regla de oro del buceador es nunca perder la calma. En la profundidad del mar, bajo una presión en que los tímpanos y pulmones explotan como un globo, entre la apnea y la muerte, la única manera de salvarse es no entrar en pánico. La parceria de la casa blanca había sido una premonición: el computador que llevamos nos salvó la vida a todos. Y las puertas se abrieron a otras personas y organizaciones que trabajan en el territorio hace mucho tiempo, con resultados tan admirables como la recuperación de la ladera este del Pan de Azúcar y la adopción del Bondinho de la pista Coutinho y el sendero del morro de Urca, por donde pasan unos 26.000 visitantes por mes.

Gracias, Marcelo. Trabajar juntos es infinitamente más divertido y eficiente que trabajar solos.

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