Ilha das Flores

Ilha das Flores, 24/3/2017

El primer hostal de inmigrantes de América nació en la bahía de Guanabara, en 1883. Antes que Ellis Island o el Hotel de Inmigrantes de Buenos Aires. Hoy pertenece a una red de museos de la inmigración que incluye además a São Paulo y Halifax. Entre 1820 y 1914 desembarcaron en el Nuevo Mundo unos 50 millones de personas.

Ilha das Flores ya no es una isla. Una lonja de tierra la une al continente y hoy opera una base de Fuzileiros Navais. Su comandante, el contraalmirante Correa, acuñó el lema del museo, que inauguró el año pasado: “todos somos inmigrantes”.

La colección de fotos, documentos y testimonios orales está en la casa del intérprete, donde vivió por décadas un funcionario que hablaba ocho lenguas. Su rol, como en los registros civiles de toda América, fue crítico. No sólo escribía los nombres de los recién llegados, sino que durante los 8 días que esperaban hasta ser embarcados, a costa del Estado, a las haciendas y empleos del interior, traducía en el muelle, la cocina y los barracones donde dormían hasta 6.000 personas.

Caminamos juntos, civiles y militares, por toda la isla. Hay árboles más antiguos que el hostal, y estudiosos del Jardín Botánico vendrán a datarlos. El comandante encargó una carta náutica para facilitar la llegada de visitantes desde el centro de Rio. Un tour de la bahía que cuente las historias de los hombres, mujeres y niños que llegaron de Europa y Asia huyendo del hambre y de las guerras, en busca de la tierra prometida.

Hoy, cada estación en Ilha das Flores tiene un tótem –– palabra nativa de América. Y los tótems cuentan la historia del lugar, desde la plaza de armas a la enfermería, del muelle de arribo al refectorio. Las imágenes y los textos hablan por sí mismos, pero nos falta la voz de quienes llegaron de niños y aún recuerdan la odisea; la voz de los hijos del cocinero o el intérprete, que se criaron en Babel; la voz de los presos y detenidos después de 1966, cuando cerró el hostal.

Gracias, anfitriones.

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